El enemigo común
Cuando un régimen político dictatorial quiere mantener bajo su dominio el pensamiento de la opinión pública de sus ciudadanos, identifica a otro país o a un grupo de personas como “el enemigo común”. En la Unión Soviética, éste eran los países de occidente, y sobre todo Estados Unidos. A estos se agregaban los “burgueses”, esto es cualquiera que hubiese sido antes de la revolución un industrial, comerciante o artesano independiente. Eso permitió a la dirigencia perseguir a todo aquel que señalaran como tal, “enemigo del pueblo” que era elegido por los que mandaban en el gobierno.
El ejemplo más clásico de identificación de un “enemigo común” se dio en el nazismo de Alemania, donde desde que el partido nazi nació, los judíos fueron identificados como los responsables de todas las desgracias reales e irreales que habían sucedido o las que ocurrían en el país. Su población fue adoctrinada en ese sentido a tal punto, que la detención, internación en guetos y desaparición de los judíos no alarmaron a la ciudadanía, la que en su gran mayoría lo aplaudió. La depredación de los bienes de los perseguidos, judíos, rivales políticos, eslavos, cualquiera que no le conviniese al gobierno alemán que existiera en su sociedad, permitió a los nazis y fascistas de muchos otros países europeos tener a su disposición una enorme cantidad de recursos de los desaparecidos, de manera que sus ciudadanos “aceptados” no tuvieron que sufrir falta de alimentos o de otros bienes durante la guerra.
En la actualidad Estados Unidos sigue siendo el “enemigo” favorito de ciertos regímenes, como Venezuela, Corea del Norte, Irán, y de manera más solapada en varios países musulmanes que aparentemente son “amigos” de la potencia occidental. El actual presidente estadounidense no ayuda a disipar ese concepto, y por el contrario pareciera ser de su interés el incrementarlo al no disimular sus intenciones, especialmente contra Corea del Norte e Irán.
Gran parte de la izquierda internacional se ha volcado contra el Estado Judío de Israel. Perdida la Unión Soviética, desaparecidos como comunistas los países de detrás de la “muralla de hierro”, como la denominara Winston Churchill, se quedaron sin un respaldo ideológico. Al no tener ya una dirección guiada por el soviet, y desaparecida ya la Sudáfrica del apartheid, con su vergonzosa discriminación contra la población autóctona que no era de origen europeo, tuvo que buscar otro objetivo que les permitiera proseguir en algún tipo de “lucha” ideológica. Lo que encontraron más a mano fue Israel. No los países musulmanes violentamente dictatoriales como Arabia Saudita, Egipto, Qatar, Afganistán, Paquistán, Kuwait, Yemen, Irán y tantos otros, o países con una dictadura familiar de casi sesenta años como Cuba, o Corea del Norte, donde el dictador heredero de su familia es el que mata de hambre a su población a cambio de invertir en armas nucleares y misiles. O Venezuela, país en el que un aprendiz de dictador como lo es Maduro ha logrado destrozar la economía y libertad de su nación, llenándose él y su camarilla los bolsillos con el narcotráfico.
Identificando a Israel como “el último reducto colonialista”, la izquierda internacional lo ataca, argumentando que coarta y aplasta la libertad de “los palestinos”, nombre que da a los árabes que viven en Gaza y bajo el gobierno de la Autoridad Palestina en Cisjordania (Judea y Samaria). Sin tomar en cuenta que Israel ya no tiene que ver con Gaza, que está gobernada por el grupo terrorista Hamas, al que Abbas, presidente de la Autoridad Palestina le ha cortado la electricidad y otros servicios, y que asesinan a cualquiera de disiente de su gobierno extremista. Y que Israel no manda donde si lo hace Abbas, el que encarcela a periodistas y disidentes árabes, y usa la pena de muerte indiscriminadamente, la que no existe legalmente ni realmente en Israel. Y tampoco la izquierda internacional toma en cuenta que el gobierno de la Autoridad Palestina promueve y auspicia los ataques terroristas para asesinar israelíes, glorificando a los homicidas dando su nombre a calles y plazas, y paga sueldos vitalicios a los asesinos encarcelados por serlo en cárceles israelíes, y a las familias de los que mueren, abatidos al estar matando en Israel. Ni que Hamas lanza a diario misiles contra la población de Israel, lo que ni la izquierda internacional ni las Naciones Unidas condenan, les parece normal que intenten matar judíos.
Tampoco toma en cuenta la izquierda internacional que Israel es el único país de Medio Oriente, y quizás de gran parte del Asia musulmana, que es democrático. País cuyo 20% de sus habitantes son árabes musulmanes y algunos de ellos cristianos, que son ciudadanos con plenos derechos como cualquier otro israelí judío o agnóstico, el único país de la región donde las mujeres tienen iguales derechos que los hombres como en occidente.
Este doble estándar que la izquierda internacional tiene contra Israel está basado tanto en la falta de objetivo como en el antisemitismo occidental, ya que esa izquierda proviene de los países occidentales, no de los orientales islámicos, donde generalmente es perseguida. Los dos mil años de antisemitismo promovido por las iglesias cristianas, que terminó por reventar hace poco más de setenta años en el Holocausto, el asesinato de la tercera parte del judaísmo mundial, está inserto en el subconsciente de muchos occidentales. Eso ha permitido a esa izquierda internacional anti israelí tener fácil la tarea de ir contra el único país judío del mundo, pretextando cualquier cosa para atacarlo, sólo en este momento porque consideran que el gobierno israelí es de “extrema derecha”, cuando antes, al ser gobernado por primer ministro laborista, también atacaban a Israel. Por supuesto que no intentan conocer siquiera la realidad de Israel, cuyo gobierno que califican de “extrema derecha” sería social demócrata en otros países por las leyes sociales que rigen allí.
La realidad del antisemitismo izquierdista es que se trata de identificar a un “enemigo común”, gracias al cual pueden aglutinar a una masa que les apoye para lo que sea. En esta “noble tarea” están apoyados por los antisemitas de siempre, la derecha fascista, que como se vio en la marcha nazi en Estados Unidos que el presidente Trump torpemente no criticó, siguen identificando a “los judíos” como el mal del mundo. Como si los catorce millones de judíos que puede haber hoy en día en el planeta fueran extraterrestres capaces de hacer todo lo malo que pudiera hacerse en el mundo, y el resto de las personas, siete mil millones, la mayoría de las que ni han escuchado que los judíos existen, no tuviesen nada que hacer ni ver con lo que sucede mundialmente.
Como dijo alguien, si los judíos no existieran habría que inventarlos, ya que han sido un excelente pretexto, un chivo expiatorio, para culparlos de cualquier cosa que pueda desviar a la opinión pública de lo malo que hacen gobiernos o grupos de personas.

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