CHANTAJE

Israel es una democracia parlamentaria en la que el Primer Ministro, que encabeza el gobierno, se elige entre los miembros recién elegidos de la Kneset, el Parlamento de Israel, de manera directa cada cuatro años, a menos que el Primer Ministro pida la disolución de la Kneset, o por haberse aprobado un voto de desconfianza o censura y no se forma un nuevo gobierno, o que la misma Kneset apruebe un proyecto de ley para disolverla. También puede la Kneset pedir prolongar por otros cuatro años el período del gobierno por circunstancias excepcionales a través de una mayoría de al menos ochenta votos. (Como cuando se atrasaron las elecciones debido a la Guerra de Yom Kipur). También puede acortarse el período de cuatro años si el Primer Ministro muere, renuncia, es enjuiciado o sufre de incapacidad permanente; no obstante puede designarse a otro de sus miembros de la Kneset como Primer Ministro interino. El Comité Central de Elecciones puede impedir que postulen candidatos que tengan como objetivo o ejecuten acciones que nieguen la existencia del Estado de Israel como el Estado del Pueblo Judío, que inciten al racismo o nieguen el carácter democrático de Israel, según la Ley Básica de La Kneset. Tampoco pueden ser candidatos quienes tengan altos cargos oficiales como el Presidente, el Contralor del Estado, Jefe del Estado Mayor, el Gran Rabino, jueces y altos funcionarios públicos y militares.
La Kneset tiene 120 parlamentarios que se eligen proporcionalmente al porcentaje que cada partido haya sacado del total de los votos nacionales, pero cada partido debe tener un mínimo de un 3,25% de votos para poder estar representado en la Kneset. Los parlamentarios son elegidos según la proporción de cada partido sobre el total de los votos obtenidos. Cuando un partido tiene excedentes de votos que no son suficientes para obtener un parlamentario adicional, si ha acordado con otro partido previo a las elecciones, estos votos pueden ser transferidos a ese otro partido. Si no hay acuerdo, estos votos excedentes se distribuyen proporcionalmente al porcentaje de los partidos en las elecciones.
El Primer Ministro se elige entre los miembros de la Kneset, que en general es el líder del partido que ha ganado más parlamentarios en la Kneset, o que sea el jefe del partido que encabece una coalición de más de sesenta miembros. De manera que para formar gobierno, deberá contar con al menos 61 de los 120 parlamentarios. Así es como todos los gobiernos israelíes son conformados por alianzas de varios partidos para alcanzar ese número al menos, y los que quedan fuera del gobierno son los que forman la oposición. El designado miembro de la Kneset tendrá 28 días para formar gobierno. El Presidente puede extender el plazo por máximo 14 días. Si transcurrido ese período de 42 días ese miembro designado de la Kneset no ha logrado conformar el gobierno, el Presidente puede asignar la tarea a otro miembro de la Kneset que contará sólo con 28 días sin prórroga para hacerlo. Si tampoco éste logra formar un gobierno, una mayoría absoluta de la Kneset de mínimo 61 miembros puede pedirle por escrito al Presidente que designe a otro miembro de la Kneset, cosa que nunca ha ocurrido. Al ser conformado el gobierno, dentro de 45 días el Primer Ministro designado debe presentar el resultado de las elecciones en el boletín oficial, y debe anunciar la composición del gobierno, ministros y lineamientos de su política, y debe solicitar a la Kneset su confianza, instalándose cuando ésta se la exprese con una mayoría de al menos 61 parlamentarios. Entonces asume el Primer Ministro y su gobierno.
La Kneset, el Parlamento de Israel, tiene 120 escaños distribuidos entre 14 partidos políticos reunidos en dos coaliciones hasta el momento, ya que la política israelí es dinámica y varía. Al menos en mayo de 2017, el bloque del gobierno israelí tenía los siguientes escaños parlamentarios: Likud 30, Kulanu 10, Beit Hayehudí 8, Shas 7, Judaísmo Unificado de la Torá 6, Israel Beiteinu 6, los que sumados dan 67 parlamentarios, suficientes para ser mayoría y poder conformar gobierno. El bloque opositor tiene a la Coalición Unión Sionista (los Laboristas y Hatnuá) con 24 parlamentarios. La Lista Conjunta de Partidos Árabes (Balad, Hadash, Lista Árabe Unida y Taal) con 13. Yesh Atid con 11 y Meretz con 5, de manera que en total tienen 53 parlamentarios.
Sin embargo se da el fenómeno de que para poder llegar a ese número de parlamentarios, cualquier coalición de gobierno debe incluir a partidos ortodoxos judíos. Estos hacen fuerza en el gobierno israelí a tal punto, que lograron que se cancelara el proyecto acordado con los movimientos religiosos Reformista, Masortí (Conservador) y otros grupos para hacer del Kotel (“Muro Occidental” o “Muro de Lamentos”) un espacio inclusivo donde todos los judíos, incluidas las mujeres, tuvieran su espacio. También los ortodoxos lograron que se les devuelva a los rabinatos ultra ortodoxos el monopolio de las conversiones al judaísmo oficialmente reconocidas por el Estado de Israel. Más aún, el rabino Itamar Tubul, jefe de la división de status personal del Rabinato, ortodoxo por cierto, que determina quién puede casarse en Israel, elaboró una lista de 160 rabinos de la diáspora – fuera de Israel – que determina que sus conversiones no son válidas, y por lo tanto no serían válidas para considerarlos judíos en Israel.
El Kotel, (Muro de Lamentos), sus setenta metros, nunca estuvo dividido entre hombres y mujeres, ahí rezaban ambos sexos juntos por dos mil años durante generaciones. Hay fotografías de fines del siglo XIX y comienzos del XX que muestran a personas de ambos sexos rezando juntas. Fue Ben Gurión quien para ganarse el apoyo de los ortodoxos de Israel que les entregó el monopolio de los asuntos religiosos del Estado: las conversiones, casamientos, entierros, certificados de Kashrut (comida dietética judía) y el control del los lugares “sagrados” del Pueblo Judío. Desde ese momento fue que en el Kotel, que nunca estuvo dividido entre hombre y mujeres, se erigió una separación, una “mejitrzá” para separarlos.
Las críticas desde rabinos y judíos de la diáspora y sectores liberales de Israel han crecido, pues son movimientos retrógrados que no reflejan a la sociedad israelí ni al judaísmo mundial, y sólo satisfacen a un pequeño grupo religioso de ideas extremistas que viven fascinados por un modo anticuado de ver su mundo. Esta manera de vivir no representa a la mayoría de la población israelí ni a la población judía mundial, ya que sus adherentes son una minoría. De manera que es absurdo que diversas leyes, la de los matrimonios es sólo una, se deban ajustar a esa minoría que pretende imponer a la mayoría que viva de una manera de la que está en contra.
Según una encuesta Gallup del 2015, el 65% de los israelíes se consideran judíos seculares y el 30% se consideran observantes religiosos, pero no por ello judíos ortodoxos, los que indudablemente son una minoría en Israel. Sin embargo los partidos políticos ortodoxos, que son minoritarios en cuanto a parlamentarios, son requeridos para conformar el número necesario como para formar gobierno, y eso es lo que hace que el primer ministro Netaniahu y otros políticos no religiosos, pese a ser laicos, permiten que los ultra ortodoxos se apoderen de la política israelí, de manera que se trata sólo de una grosera conveniencia política.
Lo precario de la mayoría que tiene la coalición de gobierno es lo que crea el enorme poder que tienen los partidos religiosos ortodoxos Shas, con sólo 7 parlamentarios y Judaísmo Unificado de la Torá, con sólo 6, sumando ambos 13 escaños, lo que les da un poder fuera de toda proporción porque sus votos significan que el gobierno continúe o colapse. De manera que se venden caro como ha sido su presión por lo del Kotel y la ley de conversiones, aparte de recibir subsidios a sus yeshivot, escuelas religiosas, y muchas otras cosas. A Netaniahu no le queda otra opción que aceptar su chantaje, pues si disolvieran la Kneset y llamaran a nuevas elecciones el resultado sería similar al actual, y tendrían que hacer nuevamente un acuerdo con los ortodoxos. De manera que el gobierno actual necesita los votos de los partidos religiosos para su proyecto político, que es la seguridad de Israel frente a Irán, a Hezbollá, a Hamas y a los palestinos de la Autoridad Palestina que sigue incitando al terrorismo, para lo que debe darles a los partidos ortodoxos lo que le pidan y así mantenerlos en su coalición.
La oposición está lejos de visualizar la verdadera situación de Israel, y su línea ha sido de hacer concesiones. Obama tuvo una política anti israelí aún más extrema que la de Jimmy Carter. Políticos como Isaac Herzog o Tzipi Livni dejaron la sensación de que si se hubieran rendido ante lo que exigía Obama, que “si Israel cede ante los palestinos se impulsará el diálogo para la paz”. Lo que es absurdo, a los palestinos no les interesa quien esté en el gobierno israelí, Laborismo o Likud, ya que su estrategia es la violencia y su objetivo es la destrucción de Israel. Cuando Ehud Barak, laborista, como Primer Ministro hizo la mayor oferta que haya hecho un líder israelí, Arafat no sólo no la aceptó sino que volvió a Ramalla para organizar la Segunda Intifada que terminó con más de siete mil muertos. Está claro que si la oposición israelí quisiera conformar un gobierno, también ellos estarían obligados a incluir a los ortodoxos en su lista para lograr el número necesario de parlamentarios. Y también serían chantajeados por ellos.

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